Migrar como práctica: cuando el movimiento es parte del camino
- matabhumimps
- 15 abr
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Migrar no es solo un cambio de lugar. Es, sobre todo, un proceso interno.
Solemos entender la migración como una decisión práctica: mudarse, viajar, empezar de nuevo en otro país. Sin embargo, en ese movimiento ocurre algo más profundo... migrar también puede convertirse en una práctica de autoconocimiento.
En mi experiencia, al inicio fue un impulso. Luego apareció la duda de si estaba escapando de algo. Con el tiempo entendí que no se trataba de huir, sino de escuchar. Al alejarnos de lo que sentimos como “hogar”, inevitablemente aparecen sensaciones nuevas. Es en ese espacio, muchas veces incómodo, donde se intensifica el encuentro con uno mismo. Reconocer que algo ya no encaja y permitirse moverse hacia lo desconocido —aun sin tener todas las respuestas— forma parte de ese proceso.
El movimiento como parte del camino
Si llevamos esta experiencia al lenguaje del yoga, aparece una idea central: nada es fijo. Todo está en constante transformación.
Aceptar esto no es simple. De hecho, una de las mayores dificultades es reconocer que estamos en movimiento incluso cuando externamente parece que todo permanece igual. La quietud no implica inmovilidad interna. Siempre hay procesos ocurriendo.
Migrar hace visible ese principio. Es un cambio externo evidente, pero también es un movimiento interno que nos enfrenta a nuevas preguntas. Al cambiar de entorno, cambian las referencias. Y en ese cambio surge la necesidad de revisar quiénes somos más allá de lo conocido.
El desapego como parte del proceso
Dentro de la filosofía del yoga, el concepto de aparigraha (no apego) cobra especial relevancia en contextos de migración.
Dejar un país implica soltar múltiples estructuras: el idioma como forma inmediata de expresión, los vínculos cotidianos, las costumbres que organizaban el día a día e incluso ciertas ideas sobre la propia identidad. No se trata de que no sigan impresas en nosotros, sino de que dejan de estar disponibles de la misma manera.
Este proceso nos enfrenta a una realidad que muchas veces evitamos: la necesidad de soltar. Una condición para poder adaptarse y seguir avanzando.
Volver a ser principiante: la importancia de la tolerancia
Migrar implica, inevitablemente, volver a un estado de principiante. No entender completamente el entorno, no dominar el contexto y tener que aprender desde cero son experiencias frecuentes. En yoga, este proceso puede vincularse con el concepto de kshanti, que refiere a la tolerancia o paciencia.
La práctica nos enseña una secuencia clara: primero observar, luego respirar y, recién después, actuar o acomodarnos. Sin embargo, esta capacidad de adaptación muchas veces se ve interferida por los raga-dvesha, es decir, nuestras preferencias y aversiones. Cuando esperamos que el entorno se ajuste a nuestros deseos, aparece la frustración.
La falta de tolerancia no solo se dirige hacia el exterior, sino también hacia uno mismo. Es en estos momentos donde se hacen visibles muchas de las estructuras internas, los roles y las “máscaras” que sostenemos. Observar esto con cierta distancia permite un mayor nivel de comprensión personal.
Aceptar que el proceso lleva tiempo es parte fundamental del camino.
Tapas: sostener el proceso
Iniciar este viaje requiere coraje, pero no necesariamente en un sentido impulsivo. Se trata de un coraje más silencioso: el de sostener el proceso cuando deja de ser "ideal".
En yoga, este esfuerzo consciente se denomina tapas. No implica rigidez ni autoexigencia extrema, sino disciplina y compromiso con el propio proceso. Es la capacidad de permanecer, incluso cuando la experiencia resulta incómoda.
Sostenerse cuando no se comprende del todo lo que sucede, cuando aparece la sensación de no pertenecer o cuando todo resulta nuevo, también forma parte de la práctica.
Identidad en movimiento
Uno de los aspectos más desafiantes de migrar es el cuestionamiento de la identidad. Gran parte de lo que creemos ser está construido en relación con el entorno. Cuando ese entorno cambia, esas referencias se modifican, y con ello surge la pregunta por la propia identidad.
Viajar pone en evidencia qué aspectos de esa identidad dependen del contexto y cuáles no. Es un proceso de diferenciación entre lo circunstancial y lo esencial.
Aquello que es esencial no desaparece con el cambio. Se transforma, se adapta, pero permanece.
El hogar como experiencia interna
Desde la perspectiva del yoga, el hogar no se limita a un espacio físico. Se entiende más bien como un estado interno.
Es una forma de estabilidad que no depende completamente del entorno externo. En este sentido, migrar puede ser desestabilizante, pero también puede abrir la posibilidad de construir una referencia interna más sólida.
Cuando lo externo deja de ser constante, se vuelve necesario desarrollar una mayor conexión interna. Esto implica dejar de buscar estabilidad exclusivamente afuera y comenzar a construirla desde la propia experiencia.
La relación con la soledad
Un aspecto frecuente en la experiencia de migrar es la relación con la soledad. En este sentido, resulta interesante una reflexión de Sadhguru: si estando solos sentimos incomodidad o vacío, quizás el problema no es la soledad en sí, sino la relación que tenemos con nosotros mismos.
Migrar pone en evidencia esa relación. Estar físicamente lejos de los vínculos cercanos invita a revisar cómo nos habitamos. La capacidad de estar en paz con uno mismo influye directamente en cómo se transita el proceso.
Esto no implica aislarse ni negar la importancia de los vínculos, sino comprender que la relación más constante es la que tenemos con nosotros mismos. Cuidarla y desarrollarla es fundamental.
Habitar el proceso
No todas las migraciones son iguales, ni todos los procesos responden a las mismas motivaciones. Cada experiencia es única. Sin embargo, hay algo que suele estar presente: el movimiento como una oportunidad para observarse.
En momentos de cambio, no siempre es necesario tener todas las respuestas. En muchos casos, es suficiente con sostener la práctica: observar, respirar y dar espacio al proceso.
El yoga, en este contexto, puede funcionar como un ancla. No para evitar el cambio, sino para transitarlo con mayor conciencia. Porque, en definitiva, cuando todo cambia, la posibilidad de volver a uno mismo se vuelve aún más relevante.
Maria Pia Santolaya - Mata Bhumi




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